El Apego: sanar el miedo a amar y ser amado
¿Y si tu dificultad para amar no fuera un fallo, sino una herida que pide ser mirada con ternura? En este artículo, somos invitados a comprender los patrones de apego como caminos de autoconocimiento y liberación del alma.
RELATIONSHIPS
María Teresa Guarín L.
11/1/20251 min read
El apego no es un defecto, es una huella emocional que guarda la historia de cómo aprendimos a amar y a sobrevivir. Desde la mirada del alma, los vínculos son espejos que nos revelan las memorias más profundas: aquellas que se grabaron en la infancia, en el cuerpo y en el inconsciente.
Cuando en la niñez hubo amor inconstante —presencias que se iban y venían, promesas no cumplidas o afectos que dependían del comportamiento— el niño aprendió que amar podía doler. Así nace el apego temeroso o evitativo: una forma de vincularse donde se desea la cercanía, pero al mismo tiempo se teme. El corazón busca refugio, y el alma se protege construyendo distancia.
En la biodescodificación, comprendemos que este patrón no es un castigo, sino un programa de supervivencia emocional. El cuerpo y la psique aprendieron que abrirse al amor podía poner en riesgo la estabilidad. Por eso, el adulto que teme al abandono o evita la intimidad no está roto: simplemente sigue obedeciendo una lealtad inconsciente a su historia.
Sanar el apego es volver a confiar, primero en la vida, luego en uno mismo y, finalmente, en el otro. Es abrazar al niño interior que aún tiembla ante el rechazo y recordarle que ya no necesita esconderse. En este proceso, la conciencia del alma —esa chispa divina que Alice Bailey describe como el mediador entre espíritu y materia— se convierte en guía. Ella enseña que el amor verdadero no se exige ni se teme: se reconoce como presencia viva dentro de cada uno.
El trabajo terapéutico permite reeducar el vínculo: aprender a expresar lo que sentimos, pedir sin miedo, recibir sin culpa. En la medida en que el alma se siente segura, las defensas se disuelven y el amor vuelve a fluir.
Sanar el apego no significa no necesitar al otro, sino aprender a amarse sin perderse, compartir sin disolverse, y sostener vínculos donde la libertad y la unión puedan convivir.
